se giró para que nadie lo viera llorar.
Marta consiguió que la niña bebiera agua a pequeños sorbos y aceptara unas cucharadas de caldo. Carmen calentó sopa, el pediatra volvió a revisarla y la fiebre empezó a bajar con el tratamiento indicado. No hubo milagros imposibles. Hubo medicación, descanso, hidratación y, sobre todo, una niña que dejó de sentirse abandonada.
Esa madrugada, cuando Lucía por fin se durmió, Javier encontró a Marta en la cocina.
—No quiero que vuelvas como empleada —dijo.
Ella lo miró con desconfianza.
—No voy a