nuestra hija.
—¿Ya empezaste con eso?
Valentina bajó la cabeza.
—No le hables a ella. Háblame a mí.
Mariana soltó las llaves sobre la mesa.
—Se cayó.
—No.
—¿Cómo que no?
—Valentina me dijo lo que pasó.
Silencio.
Mariana volvió a mirar a nuestra hija.
Esta vez ya no intentó ocultar la furia.
Y ese gesto me confirmó algo que yo todavía no quería aceptar.
—Diego, no sabes lo difícil que ha estado últimamente.
—Tiene 8 años.
—Precisamente. Ya tiene edad para entender consecuencias.
—¿La empujaste?
—No fue así.
—¿La