leche seca en el hombro y un dolor tan fuerte en la espalda que cada vez que me agachaba sentía que algo iba a romperse.
A las 6:30 de la tarde escuché pasos en las escaleras.
Mauricio bajó cargando una maleta.
—¿A dónde vas?
La dejó junto a la isla de la cocina.
—Necesito espacio.
Pensé que era una broma.
—¿Espacio?
Señaló alrededor.
Los biberones.
Los juguetes.
La ropa sin doblar.
Sofía llorando desde la sala.
—Todo esto se volvió tóxico, Mariana.
Me quedé inmóvil.
—Nuestra hija tiene fiebre.