del edificio, debemos presentar esta carta junto con el documento que guardó en el banco.
Alejandro volvió lentamente la cabeza hacia el sobre amarillo.
Las dos piezas.
Una estaba frente a él.
La otra, en manos de Mariana.
—¿Y qué pasa cuando se juntan? —preguntó.
Mariana no respondió inmediatamente.
Solo se escuchó el sonido del papel moviéndose al otro lado de la llamada.
Finalmente dijo:
—Alejandro… aquí aparece su firma.
Él frunció el ceño.
—Eso es imposible. Yo era un niño cuando mi padre compró ese edificio.
—No hablo de