segura —dije—. Y quiero que sepa que no puede volver a hacerlo.
Teresa asintió.
—Eso es suficiente para empezar.
Esa tarde no regresé a casa.
Me quedé en un hotel pequeño cerca de la oficina de Teresa. La casa era mía legalmente, pero todavía no me sentía capaz de cruzar la puerta y enfrentar las habitaciones donde había pasado tres años pidiendo permiso para usar mi propia vida.
La primera noche dormí casi doce horas.
A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a sonar.
Mauricio.
Verónica.
Mauricio.
Respondí la llamada