estaba.
La verdad.
No se trataba de ayudar a Renata.
Nunca se había tratado de familia.
Para mi padre, si yo tenía algo que él consideraba excesivo, dejaba automáticamente de pertenecerme.
Lucía habló con absoluta calma.
—El fideicomiso no financiará la operación.
Renata palideció.
—¿Qué fideicomiso?
Nadie respondió.
Miró a mi padre.
Después a mi madre.
Finalmente a mí.
—¿Qué hiciste?
—Anoche, antes de que pudieran tocarlo, protegí todo.
—¿Todo?
—Los 42 millones.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Tú planeaste esto.
—Sí.
—Contra nosotros.
Negué.
—Por ustedes.