intentado calmarlo, pedirle perdón por algo que no había hecho y aceptar cualquier explicación con tal de evitar otra discusión.
Esta vez permaneció inmóvil.
—No abras —dijo.
Fue la primera orden que le escuché dar desde mi regreso.
Y sonreí.
—No pensaba hacerlo.
Ya habíamos pedido ayuda antes de regresar a la vivienda precisamente porque sabíamos que Marcos podía aparecer. No necesitábamos enfrentarnos a él.
Necesitábamos dejar que siguiera hablando.
Desde fuera escuchamos al otro hombre.
—Nos vamos.
Marcos respondió algo que no pude entender.
Después levantó la voz.
—¡Sarah! ¡