la puerta.
Ni siquiera tocaron.
Era Ernesto, mi suegro.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Él dejó la almohada sobre nuestra cama matrimonial.
—Es hora de hacer las cosas como se han hecho siempre en esta familia.
Pensé que hablaba de algún brindis tardío.
Entonces empezó a acomodar la cobija.
—Papá… —murmuró Daniel.
—No compliques las cosas.
Lo miré a él.
Luego a mi esposo.
—¿Alguien me explica qué está pasando?
Daniel se frotó la nuca.
—Mariana, es una tradición familiar.
—¿Qué tradición?
Ernesto respondió como si fuera la cosa más normal del