me avergonzaba.
Hasta aquella mañana yo tampoco sabía cuánto de mi vida estaba construido alrededor de demostrar que siempre era útil.
Mi padre manejaba un camión de carga.
En nuestra casa había una frase que se repetía constantemente.
“Primero se termina el trabajo.”
Nunca recuerdo haberlo visto sentado sin hacer nada.
Yo aprendí lo mismo.
A los 49 años todavía comía frente a la computadora.
Contestaba mensajes durante Navidad.
Y había confundido durante décadas estar ocupado con ser necesario.
Cada domingo visitaba a Camila y Renata en casa de Elvira.