“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

Renata empezó a reconocerme antes.

Cuando llegaba, gateaba hacia mí.

Camila no.

Ella seguía cordial.

Correcta.

Distante.

Siempre encontraba algo que hacer mientras yo estaba presente.

Ordenaba juguetes.

Doblaba ropa.

Limpiaba la mesa.

Un domingo, Elvira me dijo en la puerta.

—Esa niña cree que si deja de trabajar, deja de merecer cariño.

Sus palabras me acompañaron durante semanas.

A finales de julio recibí la certificación provisional.

Camila y Renata podían mudarse conmigo mientras continuaba el proceso legal.

Preparé habitaciones nuevas.

Compré ropa.

Juguetes.

Una carriola.

Una cuna.

Libros.

Demasiadas