Renata empezó a reconocerme antes.
Cuando llegaba, gateaba hacia mí.
Camila no.
Ella seguía cordial.
Correcta.
Distante.
Siempre encontraba algo que hacer mientras yo estaba presente.
Ordenaba juguetes.
Doblaba ropa.
Limpiaba la mesa.
Un domingo, Elvira me dijo en la puerta.
—Esa niña cree que si deja de trabajar, deja de merecer cariño.
Sus palabras me acompañaron durante semanas.
A finales de julio recibí la certificación provisional.
Camila y Renata podían mudarse conmigo mientras continuaba el proceso legal.
Preparé habitaciones nuevas.
Compré ropa.
Juguetes.
Una carriola.
Una cuna.
Libros.
Demasiadas