decía:
“Permití que el orgullo de nuestra familia pesara más que tu dignidad. Hice sentir a tu madre que no tendría voz si llegaba un hijo. No sabía que tú existías, pero ayudé a crear el miedo que la llevó a irse. Lo lamento.”
La guardé.
No porque una carta arreglara todo, sino porque por primera vez alguien de esa familia dejó de esconderse detrás de palabras elegantes.
Mateo conoció a Beatriz en una ludoteca.
Ella llegó con un oso enorme. Mateo lo dejó en una silla.
—¿Tú eres la