se sentaba en el piso cuando él quería jugar. Quizá esa era la mejor señal de que los adultos, por fin, estábamos haciendo algo bien.
Alejandro también cambió. Compró un departamento a quince minutos del mío para que Mateo no sintiera que visitar a su papá significaba entrar a otro mundo. Decoró una habitación con trenes y dinosaurios.
La cama era una locomotora.
—¿No crees que exageraste? —le pregunté.
—Me dijiste que le gustaban los trenes.
—También le gustan las quesadillas y no por eso necesita una cama en forma