como al hombre que había amado.
Todavía no.
Como al padre que Mateo necesitaba.
Durante casi dos años fuimos simplemente padres.
Después empezamos a ser amigos incómodos.
Él aprendió a tocar el timbre antes de entrar. Yo aprendí a pedir ayuda sin sentir que estaba entregando mi independencia.
Discutíamos, claro.
Una vez inscribió a Mateo en una actividad sin consultarme.
—No vuelvas a decidir por los dos —le reclamé.
Alejandro empezó a defenderse.
Luego se detuvo.
—Tienes razón.
Me dejó sin pelea.
Otra vez Beatriz quiso llevar a Mateo a