él.
—Tú nunca fuiste un error.
—Nunca —repetí.
Esa frase se volvió nuestra regla más importante.
Tiempo después, una noche Mateo se quedó dormido viendo una película entre nosotros.
Cuando terminaron los créditos, Alejandro preguntó:
—Daniela, ¿puedo invitarte a cenar algún día?
—Cenamos seguido.
—No con Mateo.
Lo miré.
—¿Una cita?
—Sí.
Mi corazón respondió antes que yo.
—No sé.
—Está bien.
No insistió.
Tres semanas después fui yo quien le escribió:
“Viernes. Ocho. Y no vamos a hablar de vacunas.”
La cena fue torpe y tierna. Hablamos de terapia,