Rafael se detuvo frente a la casa.
Bajó con un manojo de llaves.
Caminó hacia la puerta como si las últimas semanas no hubieran ocurrido.
Como si todavía fuera el hombre que podía entrar donde quisiera.
Metió una llave.
No giró.
Probó otra.
Nada.
Entonces golpeó la puerta.
-Teresa.
Mi madre permaneció detrás de la ventana.
-Abre.
-No.
La mandíbula de Rafael se tensó.
-Soy tu esposo.
-No por mucho tiempo.
-Abrimos esta casa juntos.
-No. La casa era de mis padres antes de conocerte.
Rafael golpeó el vidrio.
-Abre