la espalda.
Pude haberlo derribado.
Sabía exactamente cómo romper su agarre.
Pero él llevaba una pistola.
Mi madre estaba a menos de 2 metros.
Diego estaba detrás de nosotros.
Un movimiento equivocado podía convertir una humillación absurda en una tragedia.
Así que no me resistí.
-Suéltame.
-Ahora vas a aprender a respetar.
Me empujó contra la mesa.
El borde me
golpeó la cadera.
Después escuché el clic metálico.
Una esposa se cerró alrededor de mi muñeca.
Mi madre gritó.
-Rafael, basta.
-Te dije que te calles.
Diego soltó una risa