Mi arrogante esposo llegó a nuestra audiencia de divorcio con su amante del brazo y me susurró: —La empresa, la mansión y los autos ya son míos. Para el viernes no tendrás ni dónde vivir. No lloré ni discutí. Simplemente me puse de pie y me quité el abrigo. Cuando todos vieron las cicatrices que sus millones habían intentado ocultar durante años, la audiencia dejó de parecer un divorcio.

tendió el aparato.

—Es para ti.

—¿Quién?

Daniel apenas pudo decirlo.

—Tomás Montes.

Tomé el teléfono.

—¿Bueno?

Durante unos segundos solo escuché respiración.

Después llegó una voz envejecida.

—Valeria.

Cerré los ojos.

Era él.

—Papá.

Escuché un sollozo al otro lado.

—Perdóname.

Miré a Beatriz.

—¿Dónde estás?

—No puedo decirlo todavía.

—Te enterramos.

—Enterraron un ataúd.

Sentí que el cuarto se inclinaba.

Mi padre habló rápidamente.

—Escúchame.

—No.

Mi voz se quebró.

—Tú escúchame a mí.

Apreté el teléfono.

—Mamá murió creyendo que tú estabas muerto.

Hubo silencio.

—Lo sé.

—