noche dejaron una fotografía tuya frente a la casa.
Teresa levantó la mirada.
—¿Una fotografía mía?
—Sí. Tenías como doce años. Estabas saliendo de la escuela.
El corazón se le
encogió.
Por fin entendió el silencio de su madre.
No había sido cobardía.
Había sido terror.
Elena escondió las pruebas donde nadie buscaría, cerró la boca y dedicó el resto de su vida a mantener a su hija lejos del peligro.
Sin embargo, nunca destruyó la evidencia.
Había esperado.
Quizá confiando en que llegaría un tiempo diferente.
Meses después, la