el patio cuando la anciana miró hacia el pozo y sonrió.
—Tu mamá estaría tranquila.
Teresa observó el cielo rojizo sobre los pinos.
—Ojalá.
—No lo dudes. Ella no quería que vivieras con su miedo. Quería que vivieras con su fuerza.
Años después, Teresa seguía pasando largas temporadas en aquella casa.
A veces su hijo Diego iba los fines de semana. Otras veces ella permanecía sola, leyendo bajo el mismo árbol donde de niña esperaba a su padre.
Ya no veía la propiedad como un lugar lleno de fantasmas.
La