dentro de una bolsa transparente sobre las piernas.
Me levanté de inmediato.
—¿Cómo está?
—Tiene dos costillas fisuradas, una contusión importante en el hombro izquierdo y varias lesiones compatibles con una caída violenta. Por fortuna, no hay hemorragia interna.
Sentí alivio.
Solo duró unos segundos.
El médico bajó la voz.
—Pero hay algo que debe saber.
Me mostró unas fotografías clínicas.
Había moretones antiguos en el antebrazo de mi madre.
No eran de aquella noche.
—Estas lesiones tienen varios días —dijo—. Tal vez semanas.
Miré hacia la puerta de la