que “no le pertenecían”.
Dos semanas antes del ataque, había sujetado a mi madre del brazo con tanta fuerza que dejó los moretones que el médico acababa de encontrar.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Ella comenzó a llorar.
—Porque tú llevabas quince años casada con él. Porque tienes una hija con él. Porque pensé que quizá estaba exagerando. Y porque Alejandro me dijo que si hablaba contigo iba a destruir tu carrera.
Aquello me hizo quedarme inmóvil.
—¿Cómo?
—Dijo que tenía información suficiente para hacer parecer que tú habías