puerta abierta apenas unos centímetros, y Mauricio lo entendió.
Al mediodía, Verónica fue por Sofía. La niña entró corriendo, abrazó a sus abuelos y después se detuvo al ver a su padre.
—¿Otra vez te vas? —preguntó.
—Sí, hoy sí. Pero regreso el sábado.
Sofía lo estudió con una seriedad que no pertenecía a una niña de siete años.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Entonces está bien.
No corrió a abrazarlo. Se fue a mostrarle a Elena un lápiz con forma de unicornio. Mauricio la siguió con la mirada, y Verónica