de una estafa.
Cuando recibió el teléfono, me mandó una fotografía con su hija.
Ambas sonreían.
Debajo escribió:
“Gracias por cumplir tu palabra. Y gracias por recordarnos que siempre podemos empezar otra vez”.
Miré aquella imagen durante un buen rato.
Después abrí Facebook.
La publicación original seguía allí.
Daniel y Sophie frente al mar.
El atardecer.
Sus sonrisas.
Dos personas que en aquel instante creían tener el control absoluto de mi vida.
Entré en las opciones y la archivé.
No porque me avergonzara.
No porque quisiera protegerlos.
Sino porque ya