llamaba insegura.

Cada vez que lloraba, yo la acusaba de estar hormonal.

Cada vez que me pedía la verdad, yo le daba una explicación tan bien construida que parecía una sentencia.

Aquella noche, la voz de Elena sonó entrecortada.

—Damen, algo va mal. Estoy en el hospital. Hay sangrado. Por favor, ven.

Empujé la silla hacia atrás.

—Voy para allá.

Meline también se levantó.

Lo hizo demasiado rápido.

Vi cómo se agarró al borde de la mesa.

—¿Qué pasa?

—Elena me necesita.

Su rostro perdió el color.

—¿Te vas?

—Es