PARTE 2 / Después de cinco años de matrimonio, mi hija de cuatro años me susurró: “

como una extraña.

Laura tomó su

bolsa.

—No fui yo quien destruyó tu matrimonio, Eduardo. Yo solo aproveché la puerta que tú llevabas cinco años dejando abierta.

 

Se llevó a Diego.

Cuando la puerta se cerró, Eduardo quedó solo.

En la cocina había platos sucios.

No había cena.

No había ropa planchada.

No se escuchaban los pasos pequeños de Sofía.

Por primera vez comprendió cuánto de su vida diaria llevaba mi nombre sin que él se hubiera molestado jamás en agradecerlo.

 

Me llamó.

Lo había bloqueado.

Me escribió