su mamá. Pensaba que si era estricto con él sentiría que lo había abandonado.
—Así que abandonaste emocionalmente a Sofía.
Eduardo bajó la cabeza.
—Sí.
—Tenías miedo de que Diego sintiera que no tenía una familia completa, así que hiciste que tu hija creciera sintiendo que su propio padre no la quería.
—Lo sé.
—No. Ahora lo sabes.
Guardó silencio.
—Mariana, yo te amo.
Sentí una mezcla extraña de cansancio y rechazo.
—¿Qué amas de mí, Eduardo?
Parpadeó.
—¿Qué?
—Dímelo. ¿Amas que cocinaba? ¿Que cuidaba a tu hijo? ¿