Que atendía a tus padres? ¿Que después de cada humillación terminaba pidiendo perdón
porque quería conservar nuestra familia?
Se quedó pálido.
—Nunca quise usarte.
—Pero lo hiciste.
—Puedo cambiar.
—Quizá. Pero no tienes que cambiar para recuperarme. Cambia para no volver a destruir a alguien.
Me dirigí a la entrada.
Eduardo habló detrás de mí.
—¿Puedo ver a Sofía?
Miré hacia la ventana del departamento de mis padres.
—Le preguntaré.
Llamé a mi madre.
Sofía escuchó la pregunta.
Su respuesta llegó clara.
—No quiero verlo.
Guardé el teléfono.
—No