quiere bajar.
Eduardo cerró los ojos.
—Solo quiero pedirle perdón.
—Tu disculpa llegó cuando ella ya aprendió a tenerte miedo.
Al día siguiente volvió con juguetes.
Sofía tampoco quiso verlo.
La tercera vez, mi padre bajó furioso.
—¡Deja en paz a mi hija!
Eduardo no discutió.
Solo levantó la cabeza hacia nuestras ventanas.
—¡Mariana! ¡Sofía! ¡Perdónenme!
Mi hija se tapó los oídos.
Mi madre bajó entonces.
Se plantó frente a él.
—Mi hija salió
de esta casa hace cinco años con las manos suaves y la sonrisa fácil.