Volvió agotada, con miedo de molestar hasta cuando pide comida para su propia hija.
Eduardo no pudo mirarla.
—Si de verdad la quieres —continuó mi madre—, deja de perseguirla para que te quite la culpa. Aprende a cargarla tú.
Después de eso, dejó de venir.
Pasaron varias semanas.
Un sábado regresaba con Sofía de comprar materiales para su escuela cuando vimos a Diego sentado junto a una jardinera.
Se veía más delgado.
Cuando nos vio, se levantó.
—Mariana.
Sofía se escondió detrás de mí.
Diego bajó la mirada.
—Quería