Lo miré sin reconocer al hombre con quien me había casado.
—¿Y Sofía?
—Es pequeña. Tiene que aprender a compartir con su hermano.
Sofía se encogió entre mis brazos.
Eduardo suspiró, impaciente.
—Ya no hagas
un drama. Haz que Sofía le pida disculpas a Diego. Si estos días se porta bien, te vuelvo a meter al grupo.
Aquello me rompió algo por dentro.
Recordé cuando Diego tenía ocho años y despertaba llorando porque extrañaba a su mamá. Yo me sentaba junto a él hasta que se dormía.
Recordé aquella