provocado.
Hasta que su tía llamó otra vez.
—Tu mamá lleva dos días casi sin comer. Yo ya no puedo cuidarla, hija. Tienes que decidir qué hacer.
Mariana fue al departamento.
Encontró platos sucios, ropa amontonada y a su madre acostada en un sofá, demasiado débil para levantarse sin ayuda.
Cuando Teresa la vio, sonrió confundida.
—¿Marianita? ¿Ya regresaste de la escuela? Dile a tu papá que no se le olvide comprar tortillas.
Aquellas palabras la destrozaron.
Su madre había olvidado veinte años de distancia.
Había olvidado las discusiones, el