varias anotaciones de Gregorio sobre los pagos.
—Mariana, creo que fue tu papá.
Ella tomó el comprobante con manos temblorosas.
Reconoció inmediatamente la letra.
—Él siempre escribía así…
Se quedó mirando aquel papel durante varios segundos.
—Nunca me dijo nada. Cuando llamaba solamente preguntaba si estaba bien.
—Tal vez tenía vergüenza de admitir que podía enviarte dinero, pero no tuvo el valor de defenderte frente a tu madre —respondió Ernesto.
Mariana lloró en silencio.
Aquellos giros no borraban el abandono.
Su padre había podido ayudarla de muchas maneras y no