De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

la Virgen de Guadalupe.

Al día siguiente, Lucía me ayudó a investigar.

Descubrimos que Agua Sierra Clara anunciaba una próxima planta embotelladora, utilizando imágenes de nuestras montañas.

También encontramos que Ernesto Varela, director municipal de Ecología, había autorizado estudios preliminares en la zona del manantial.

Fui a preguntarle personalmente.

Me recibió sonriente, pero su expresión cambió cuando mencioné la escritura.

—Si me trae el original, señora Beatriz, yo me encargo de resolverlo todo.

—Prefiero conservarlo conmigo.

Su sonrisa desapareció.

—A su edad, no debería meterse en asuntos tan delicados.

Regresé