a casa profundamente inquieta.
Daniel había salido y dejó su mochila abierta sobre la cama.
Un plano enrollado sobresalía de ella.
Reconocí inmediatamente el logotipo azul de Agua Sierra Clara.
Lo saqué.
Era un levantamiento topográfico de los terrenos del manantial, con un círculo rojo marcando el punto donde pretendían instalar nuevas tuberías.
En una esquina figuraba el nombre del responsable técnico.
Daniel Hernández. Mi propio hijo.
Sentí que me faltaba el aire.
El muchacho al que había criado vendiendo plantas, el que había crecido tomando aquella agua, estaba trabajando