que hable.
—¿Por qué me está ayudando?
Lorena guardó silencio.
—Porque durante años confundí ser una buena esposa con obedecer a un hombre cruel. Ya no quiero seguir haciéndolo.
Me dio la dirección de la residencia y me aseguró que podría entrar durante un cambio de turno.
A la mañana siguiente, Lucía y yo conseguimos que don Manuel, el repartidor de leche, nos acercara en su camioneta.
Encontramos a Anselmo mucho más delgado. Respiraba con dificultad y tenía los ojos hundidos.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Sabía que vendría,