De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

Beatriz.

Lucía colocó su celular frente a él.

—Don Anselmo, necesitamos que cuente la verdad.

El anciano aceptó voluntariamente que lo grabáramos.

Dijo su nombre completo, explicó que estaba consciente y confirmó que yo no había robado nada. También relató cómo Héctor había aprovechado su confianza para conseguir firmas y mantenerlo aislado.

—Esa señora me salvó la vida —declaró—. Le entregué una caja porque contiene la prueba de que doné los terrenos del manantial para beneficio del pueblo. No quiero que los vendan.

Después nos pidió localizar a Josefina Castillo,