los ojos rojos.
—Sí, mamá. Le prometí a Héctor que entregaría el documento.
Sacó su informe de la mochila.
—Pero todavía no lo había firmado.
Rompió las hojas frente a nosotras.
—Voy a preparar otro con las mediciones verdaderas. Si pierdo el dinero, encontraré otra forma de salir adelante.
Lo abracé tan fuerte como pude.
Por primera vez comprendí que un hijo puede cometer errores terribles y aun así encontrar el valor necesario para corregirlos.
Pero todavía teníamos que demostrar la verdad.
Aquella tarde visitamos a Josefina Castillo, una mujer