De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

los ojos rojos.

—Sí, mamá. Le prometí a Héctor que entregaría el documento.

Sacó su informe de la mochila.

—Pero todavía no lo había firmado.

Rompió las hojas frente a nosotras.

—Voy a preparar otro con las mediciones verdaderas. Si pierdo el dinero, encontraré otra forma de salir adelante.

Lo abracé tan fuerte como pude.

Por primera vez comprendí que un hijo puede cometer errores terribles y aun así encontrar el valor necesario para corregirlos.

Pero todavía teníamos que demostrar la verdad.

Aquella tarde visitamos a Josefina Castillo, una mujer