De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

de 91 años que vivía con su hija.

Cuando vio la escritura, reconoció inmediatamente su firma.

—Anselmo lloró cuando donó esos terrenos —recordó—. Decía que nadie debía pagarle a un particular por acercarse al agua que había alimentado a generaciones enteras.

Nos contó que otra copia había quedado bajo resguardo del antiguo párroco.

Fuimos a la iglesia.

El padre Gabriel buscó entre los archivos parroquiales hasta encontrar el libro correspondiente.

Sin embargo, alguien había arrancado una hoja.

Revisamos el registro de visitantes.

Cuatro días antes, Ernesto Varela, el director municipal