De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

Hubo trámites, abogados y semanas de incertidumbre. Pero la donación finalmente pudo formalizarse e inscribirse correctamente, protegiendo el terreno destinado al uso comunitario.

Mi nombre también quedó limpio.

Un domingo, Mercedes y otras vecinas vinieron a pedirme perdón.

Las abracé, aunque les dije algo que necesitaban escuchar:

—Una mentira puede viajar por todo un pueblo en unas horas. Recuperar la dignidad de una persona puede llevar toda una vida.

Unos días después, Anselmo me pidió que lo acompañara a los terrenos del manantial.

—Traiga la llave de hierro, Beatriz.

Caminamos