por un sendero rodeado de encinos y árboles frutales.
Cuando llegamos, me quedé sin palabras.
Junto a los tres nacimientos de agua había un jardín maravilloso, lleno de rosales, hierbabuena, romero y pequeños árboles de durazno.
Reconocí aquellas plantas inmediatamente.
Eran las mías.
—¿Cómo llegaron hasta aquí? —pregunté llorando.
Anselmo sonrió.
—Yo era su cliente misterioso. Mandaba a Nicolás cada sábado porque quería restaurar este lugar sin que nadie lo supiera. La veía regalar plantas a las personas que no podían pagarlas. Usted me enseñó que cuidar la tierra también