De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

Mercedes.

—Pero anoche llovió muchísimo.

—Pues ahora resulta que tendremos que comprarle agua a una empresa privada.

Aquellas palabras me alarmaron.

Fui al pequeño hospital municipal y pregunté por Anselmo Valdivia.

Una enfermera que me conocía me permitió verlo unos minutos mientras su sobrino estaba ausente.

El anciano seguía débil, pero estaba consciente.

—¿Guardó la caja? —preguntó inmediatamente.

Asentí.

Entonces me contó algo terrible.

Treinta años atrás había donado al municipio los terrenos donde nacía el manantial, con la condición de conservarlos permanentemente para beneficio de la comunidad.

Sin embargo,