y limpiamos el antiguo estudio.
Cuando encontramos el retrato de Héctor, Daniel lo sostuvo contra su pecho.
—¿Dónde quieres poner a papá?
—Donde siempre estuvo. Frente a mi escritorio.
Colgamos la fotografía juntos.
Después preparé café.
Nos sentamos a conversar hasta que oscureció, sin gritos ni exigencias, sin que nadie me ordenara desaparecer.
Aquella noche dormí en mi habitación principal por primera vez en muchos meses.
Y descubrí algo maravilloso.
El silencio ya no me parecía soledad.
Me parecía paz.
Las semanas siguientes comenzaron a devolverme partes de mí que