un odio que jamás había visto en sus ojos.
—Te vas a arrepentir de humillar a mi familia.
Cerró la puerta de un golpe.
Yo permanecí inmóvil.
Después llamé a mi padre.
Cuando escuchó mi voz, supo que algo estaba mal.
—¿Qué pasó, hija?
Intenté explicárselo sin llorar, pero terminé quebrándome.
Le conté lo del dinero, la familia de Ricardo y el acuerdo que había querido obligarme a firmar.
Mi padre guardó silencio.
Finalmente dijo:
—No voy a preguntarte por qué confiaste en él. Amar no es un delito. Pero