cosa era haber sido generosa y otra muy distinta permitir que alguien siguiera aprovechándose de mí.
Finalmente firmamos el divorcio.
Ricardo estaba sentado frente a mí cuando llegó el momento de concluir.
Había adelgazado.
Parecía un hombre mucho mayor que aquel con quien me había casado.
—Nunca pensé que terminaríamos así —murmuró.
Tomé la pluma.
—Yo tampoco. Quería envejecer contigo.
Sus ojos se humedecieron.
—¿No queda ninguna oportunidad?
Lo miré durante unos segundos.
Recordé al hombre que me preparaba café cada mañana.
Al que me cubría con una cobija cuando