cartera ni había llamado a un vendedor como si pudiera decidir sobre nosotras.
Estaba esperando mi respuesta.
Miré a Camila.
Contenía la respiración.
—Solo con una condición —dije—. Mañana es domingo. Puedo preparar un pastel para su madre.
Alejandro sonrió.
—Trato hecho.
Minutos después estaba arrodillado sobre el piso de mármol abrochando los zapatos rojos de mi hija.
Camila caminó tres pasos.
Se quedó quieta.
Miró sus pies.
Y aquella expresión en su rostro me acompañaría toda la vida.
Al día siguiente preparé un pastel de miel con nuez usando