que al diseñador.
Camila sonrió.
Entonces él me miró.
No miró mi abrigo barato ni mis zapatos gastados.
Me miró a los ojos.
—Vine a comprarle un regalo a mi madre. Cada año compro algo caro y cada año termina guardándolo. Pero su hija acaba de mirar esos zapatos como si fueran un milagro.
Sentí que mi espalda se tensaba.
—Señor Ferrer…
—No quiero faltarle al respeto. Por eso se lo pregunto. ¿Me permitiría regalárselos?
Mi primer impulso fue negarme.
Yo no aceptaba limosnas.
Pero Alejandro no había sacado la