“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

que al diseñador.

Camila sonrió.

Entonces él me miró.

No miró mi abrigo barato ni mis zapatos gastados.

Me miró a los ojos.

—Vine a comprarle un regalo a mi madre. Cada año compro algo caro y cada año termina guardándolo. Pero su hija acaba de mirar esos zapatos como si fueran un milagro.

Sentí que mi espalda se tensaba.

—Señor Ferrer…

—No quiero faltarle al respeto. Por eso se lo pregunto. ¿Me permitiría regalárselos?

Mi primer impulso fue negarme.

Yo no aceptaba limosnas.

Pero Alejandro no había sacado la