su despacho y con abogados presentes.
Acepté.
Quería mirar a Mauricio a los ojos.
Llegó diez minutos tarde.
Había bajado de peso. Tenía ojeras profundas y el traje arrugado.
Al verme intentó sonreír.
—Vero…
—No me digas así.
Se sentó frente a mí.
—Sé que estás lastimada, pero puedo explicarlo.
Alejandro colocó sobre la mesa el informe técnico del teléfono.
—La cuenta receptora de los videos pertenece a su despacho.
Mauricio tragó saliva.
—Yo… solo quería saber cómo estaba por las noches.
Solté una risa seca.
—¿Me cuidabas grabándome sin