Al día siguiente de mi 35 cumpleaños oí confirmar la cena privada para Clara en el Palacio de Linares. Él recordaba su alergia y olvidaba mi cumpleaños, y su madre sentenció: “algunas esposas ocupan una casa, pero otras ocupan el corazón”. No lloré, dejé el divorcio firmado y pedí traslado definitivo a Buenos Aires. Debajo encontré su nota: cuando me fuera, las acciones volverían a su sitio.

Llevaba una camisa sencilla y no se acercó hasta que todos se marcharon.

—Has estado brillante —dijo.

—No sabía que vendrías.

—Si te avisaba, mi presencia podía condicionarte.

El antiguo Álvaro habría ocupado la primera fila. Aquel detalle pequeño le dijo más que cualquier discurso.

Tomaron café cerca del Retiro. Él no mencionó la reconciliación. Le contó que había aprendido a cocinar 4 platos, que había retomado el piano y que ahora preguntaba cómo estaba la gente antes de hablar de negocios.

—¿Y Clara? —preguntó Lucía.

—Nunca fuimos pareja otra