el hombre con el que había compartido cinco años de matrimonio era capaz de lastimarla para defender el orgullo de su madre.
Cuando finalmente se apartó, respirando con dificultad, Mauricio señaló la puerta.
—Si no puedes vivir bajo nuestras reglas, lárgate de mi casa.
Daniela, con el rostro inflamado, lo miró.
Aquella frase casi le dio risa.
El departamento estaba a nombre de Mauricio porque lo había comprado antes de casarse, sí, pero la hipoteca, el mantenimiento, los muebles, el coche de él, los recibos y buena parte de la