mano, riendo a carcajadas. Sentada en mi sillón, con las piernas cruzadas y una expresión de dueña y señora, estaba Valeria. Doña Carmen, mi querida suegra, salía de la cocina con una bandeja de bocadillos, luciendo más complacida que nunca. Ya estaban celebrando. Ya se sentían los dueños de mi hogar, de mi vida y de mis treinta millones de pesos.
Nadie me escuchó entrar hasta que Alejandro dio un paso pesado sobre la duela de madera. Diego giró la cabeza con fastidio, pero cuando sus ojos se encontraron con