Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

mano, riendo a carcajadas. Sentada en mi sillón, con las piernas cruzadas y una expresión de dueña y señora, estaba Valeria. Doña Carmen, mi querida suegra, salía de la cocina con una bandeja de bocadillos, luciendo más complacida que nunca. Ya estaban celebrando. Ya se sentían los dueños de mi hogar, de mi vida y de mis treinta millones de pesos.

Nadie me escuchó entrar hasta que Alejandro dio un paso pesado sobre la duela de madera. Diego giró la cabeza con fastidio, pero cuando sus ojos se encontraron con